10 de junio de 2011

Defendiendo lo indefendible


            Las manifestaciones a favor de la inocencia del empresario y político Jorge Hank Rhon, son una clara muestra de la ingenuidad y la maleabilidad de un pueblo mexicano. Para nadie resulta extraño que un individuo, de la calaña de este sujeto, tenga en su poder armas y municiones exclusivas del ejército, sin embargo, hay quienes creen que los ángeles aun caminan entre nosotros.
           
            El hecho en sí mismo resulta repugnante. Un ex alcalde de una las ciudades fronterizas más importantes del país, a lo sumo la más, un tipo además propietario de una de las casas de apuestas con mayor peso en el país y, con sendos antecedentes penales, no le da crédito suficiente para ser tomado como una santa palomita.

            ¿Qué es lo que el pueblo defiende? ¿Perder la plaza de un equipo de futbol de primera división, en un entorno por demás corrupto como todo en nuestro país o, más bien, la integridad moral de un sujeto que tiene marcado el priísmo de abolengo? O ¿cómo explicar el hecho, de que en las manifestaciones, los individuos vayan vestidos con los colores, que dicho sea de paso son los de huelga, del club deportivo?

            ¿Por qué defender lo indefendible? ¿Por qué salir a las calles a defender a un hombre que ni el mismo Dios puede expiar de sus culpas, en lugar de protestar para frenar la violenta situación que vive México cada día? ¿Por qué esperar a que las cosas nos pasen en carne propia y no experimentar en carne ajena? Porque así es el mexicano, nada pasa hasta que nos pega a nosotros, hermanos, amigos o familiares, hasta que la sangre que se ve derramada en la calle es de personas que conocemos y no de un perfecto desconocido.

            Esta sociedad está mal encausada. ¿A quién demonios le importa la permanencia de un equipo de futbol, en una liga mediocre, pero eso si, en la que los bolsillos desbordan de monedas? Al pueblo pan y circo. Más de cien años de aquellos tiempos y Don Porfirio tenía y sigue teniendo la razón.
           
            Suena ilógico y hasta cierto punto estúpido. Pero no debe sorprendernos, así es la casta política de nuestro país, lo fue en mil ochocientos y será trescientos años después, si el pueblo lo permite. ¿De qué se preocupan? ¿Qué ha hecho este u otros individuos para que salga el pueblo a gritar su inocencia? ¿Qué la gente no se da cuenta que ochenta y ocho armas largas y cortas y más de nueve mil cartuchos, es una suma aterradora y alarmante? Si el tipo es un pan de Dios ¿para qué demonios necesita semejante arsenal?
           
            Lo lamentable no es la noticia que ha causado tanto impacto y ha dado mucho de qué hablar; lo lamentable es que el pueblo exija la inocencia de un delincuente, dejándose de preocupar por exigir tantas cosas que a simple vista salen por sí solas; lo lamentable es que el pueblo no se una para salir a las calles a exigir respuestas, cambios, cuentas de lo que ocurre con la actividad política y económica, de los resultados de una guerra que ha dejado más muertos que la de la Revolución y la Independencia juntas, de pedir justicia e igualdad de oportunidades, de demandar una educación de calidad, de reclamar salir a la calle sin ningún temor; lo lamentable es que se niegue a suceder.

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